28.11.09

escritores y torres

Cuatro noches pasamos en Florencia, y en dos ocasiones aprovechamos para hacer excursiones durante el día a ciudades cercanas, como cuando se visitan Segovia o Toledo desde Madrid. El día que decidimos ir a Pisa (nombre que, por cierto, en chino suena igual que "pizza") nos encontramos en la estación a una chica con dos maletas llenas de libros a la que ayudamos a subir al tren (¿qué ocurrirá con este tipo de situaciones cuando todo el mundo lleve un aparatejo ligero y plano con toda su biblioteca electrónica? ¿no se volverán a producir?) y con la que compartimos hora y pico de viaje y de conversación tan agradable y amena como interesante.


Se trata de Brenda Lozano, joven escritora mexicana cuya primera novela, "Todo nada", ha sido publicada por Tusquets. ¡Hola, Brenda, y enhorabuena una vez más! Te lo digo con la sana envidia de escritor famoso frustrado, como creo que me definí en cierta ocasión.


Pese a haberla visto en fotografías, dibujos, postales y películas miles de veces a lo largo de mi vida, la visión in situ de la torre de Pisa me impactó. O, más bien, no sólo la de la torre sino la del conjunto que forma con la catedral y el baptisterio, tres edificios majestuosamente aislados en medio de una llanura, construidos en su momento fuera de la ciudad, como gigantescas agujas de lava o basalto que hubieran surgido a la luz desde las profundidades. Dado que ninguna de nuestras fotos podría transmitiros esa sensación, aprovecho para presentaros a Mauro, gran poeta en esperanto y amigo por correspondencia desde hace ya bastantes años, con el que me encontraba por primera vez en carne y hueso (inquietante expresión si tenemos en cuenta que su ocupación profesional es la de cirujano, en particular para operaciones relacionadas con el intestino, algo que yo también conozco, pero como paciente y conejillo de Indias).


Mauro nos había recogido en coche en la estación, de allí nos llevó a la explanada o Campo de los Milagros (donde se cierne la torre) y luego a su casa, donde comimos estupendamente con su mujer Angela y las hijas Serena y Dorabella (ahora que lo pienso, a Dorabella la conocimos después de comer, pero qué más da). Cuando se acercaba el momento mágico del postre y los chupitos me percaté de que los recipientes elegidos por Angela habían adoptado espontáneamente una forma que, en esa ciudad, no me atrevo a calificar de caprichosa o arbitraria.


Después, y dado que la lluvia había cesado (de hecho, no volvió a hacer acto de presencia en el resto de nuestro viaje), volvimos con Mauro a visitar la torre y, desde allí, el casco antiguo de Pisa. Os dejo con una imagen de finales de la tarde y, tras ella, un poema de Salvatore Quasimodo (1901-1968), traducido por Antonio Colinas, como prometí ayer.



Ed è subito sera

Ognuno sta solo sul cuor della terra
trafitto da un raggio di sole;
ed è subito sera.


Y de pronto anochece

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.