25.12.06

móviles de oro

Varias personas me habéis hablado esta mañana de vuestro escaso o inexistente espíritu navideño, después de la cena familiar de Nochebuena, que nosotros pasamos anoche con dos parejas de amigos. A estas alturas de la película la navidad sólo se la creen los niños y las perras (como Luba, la bóxer de 11 años de Rakel y Víctor, que ayer se puso hasta las orejas de comer pularda, pan blanco y queso de cabra mientras lucía un lazo verde muy vistoso; ¡si hasta probó el tinto!).

Supongo que todos recibimos anoche más de un mensaje de "Feliz Navidad" en el teléfono móvil; yo, cada vez que oía el bip-bip de recepción de uno, me adelantaba (como si fuera telépata) a informar de su contenido sin que el destinatario tuviera tiempo de leerlo por sí mismo, y, claro, creo que siempre acertaba. Como escribí en respuesta a una de estas felicitaciones (que agradezco, aunque pudiera parecer lo contrario) con estos mensajitos se forran los teleoperadores, lo que redunda en beneficio de la humanidad entera y, de paso, nos hace a todos más felices. Pues bien, como el miércoles nos vamos una semana a Lisboa a pasar la Nochevieja y el Año Nuevo, he decidido que no voy a responder a los sms que me lleguen, y que probablemente desconectaré el móvil para ser coherente con este discurso cascarrabias.

A Chen la sorprende que en Europa se mantenga durante 7, 8 ó 9 años a los niños en la mentira colectiva de los Reyes o Papá Noel (aka Santa Claus); en Taiwán, los niños saben quién les hace (les da) el regalo, que, por otra parte, suele ser un sobre rojo con dinero. Lo nuestro se parece bastante a "El show de Truman" pero patrocinado por El Corte Inglés. Luego, cuando te enteras del timo, te conviertes en un descreído para el resto de tus días. Y, como contaba Víctor, que no se te ocurra pasearte con una camiseta que diga "Queridos niños, Los Reyes Magos son papá y mamá", porque te llamarán hijoelagranputa y querrán partirte la cara, aunque la llevaras puesta en una discoteca a las tres de la mañana.

En cualquier caso, lo más sorprendente no es que mintamos a los niños con la excusa de la ilusión o la inocencia, sino que lo hagamos también entre adultos con tanto espíritu navideño, tantas felicidades fingidas y forzadas. Ya lo decía mi vecino Lorenzo: "¡¿Cómo puede ser verdad tanta mentira?!"