5.8.07

cuerpos

Algunos de los lectores habituales de este blog (o de los correspondientes correos electrónicos colectivos) no consideraban necesaria la inclusión o publicación de las fotografías sobre mi estado tras el accidente doméstico en el que me rompí la nariz. Otros, por el contrario, estaban deseando ver las fotos sin disimular la curiosidad o incluso el morbo. Mis razones para colgarlas en el blog fueron las siguientes: por una parte, si únicamente se lee la frase "me he roto la nariz", uno es incapaz de imaginar y, por tanto, mucho menos de sentir lo que eso significa, y ha de contentarse con una vaga idea, con un eco de lo que realmente ha ocurrido; por otra parte, como me escribió un amigo, si te ocurre algo semejante en una localidad pequeña, todo el mundo se entera en seguida, puedes recibir visitas en el hospital o en casa... pero en una gran ciudad, en este mundo semiglobalizado, casi la única forma de que los conocidos pasen a verte es que los invites a tu parcela en el universo virtual, en el ciberespacio (si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma).

Todo esto viene a cuento del tabú sobre el cuerpo que impera en nuestra cultura capitalista, consumista y derrochadora, el tabú, culto y mito del cuerpo. Como bien explicaban recientemente en un programa televisivo sobre las operaciones de cirugía plástica con motivos estéticos, sobre todo las de pecho (implantes de silicona etc), los medios de comunicación parecen estar obsesionados con la idea del cuerpo, que nos exponen las 24 horas del día de un modo sin duda pornográfico. Ahora bien, se trata de cuerpos irreales, "perfectos" (como el de la modelo Katja Shchekina, a la izquierda de estas líneas), que no envejecen ni enferman, no engordan ni sufren accidentes, no cambian, cuerpos irreales en definitiva. Cuerpos así dan forma a una fantasía sexual colectiva, razón por la cual considero pornográfica esta mitificación del cuerpo, ya que lo convierte en un objeto de deseo imposible e inalcanzable, tanto por quienes estaríamos encantados de beneficiarnos a una supermodelo semejante como por quienes sueñan con tener la misma figura. El resultado no puede ser otro que el de la frustración, el descontento con el cuerpo propio; el despilfarro en engañosos productos y tratamientos que prometen la belleza y juventud eternas (como si se tratase del mismo concepto); la vergüenza, el pudor o el rechazo a contemplar o incluso a convivir con cuerpos ajenos que no respondan a esos cánones consumistas.