30.12.07

la carta


Hace muchos años, en los veranos de 1991 y 1992, después de la universidad, trabajé como guía acompañante de grupos turísticos de españoles en viajes en autocar por varios países de Europa. En diez o doce días, el trayecto era Madrid-Zaragoza-Barcelona-Venecia-Ginebra-Berna-Lucerna-Innsbruck-Salzburgo-Viena-Friburgo (junto a la Selva Negra) y vuelta a España parando en Montpellier, si mal no recuerdo. Una paliza. Yo tenía que llevarme bien con todo el grupo, sin mostrar preferencias, pero a final acababas charlando más con algunos turistas que con otros. En uno de estos viajes conocí a una pareja de Madrid. Ya desde el principio ella me cayó bastante mejor que él, pero, en fin, eran pareja. Al terminar el viaje intercambiamos números de teléfono de modo que después volvimos a quedar en Madrid varias veces. Luego yo me fui a vivir a Bruselas (donde pasé cuatro años), entretanto ellos se separaron, y él siguió manteniendo contacto conmigo. Entonces vino a visitarme a Bruselas. No supe decir que no, entre otras cosas porque todavía no tenía ninguna razón de peso para hacerlo. Vino a Bruselas y, aparte de que era algo pesado, aunque buena gente en el fondo, se presentaba delante de todo el mundo como si fuera gran amigo mío, amigo íntimo, casi de toda la vida. Claro, mis verdaderos amigos de Bruselas, con los que tanto había compartido, alucinaban y se preguntaban: "¿De dónde ha salido este tipo?". Su forma de hablar y actuar con mi círculo de amigos de Bruselas me impedía relajarme, me agotaba. Ahora ya no recuerdo si ya esa primera vez vino acompañado de otra amiga, o si esto ocurrió en una segunda visita. El caso es que "amenazó" con volver de nuevo el año siguiente. Para mí su partida fue tal alivio, que la sola idea de que viniera de visita una vez más al cabo de doce meses me ponía los pelos de punta. Porque lo que él consideraba una amistad no era tal. Al menos, no para mí. Así que decidí escribirle una carta donde le contaba todo esto con pelos y señales; le decía que en realidad no éramos amigos, no compartíamos casi nada ("ni siquiera el sentido del humor, aunque te pueda parecer lo contrario"), y que por tanto no tenía sentido que me visitara de nuevo. También le dije que no era necesario que respondiera a la carta y que incluso preferiría que no lo hiciera. Bueno, esto era el borrador, pero no hubo segunda versión "en frío": según terminé de escribirla en el trabajo, metí la carta en un sobre y se la envié por correo. No volví a saber más de él (salvo una vez que lo vi por la calle en Madrid y que él no me vio a mí o que hizo como si no me hubiese visto). Reconozco ahora que fue una forma extrema, demasiado brusca de zanjar la cuestión, pero yo en aquel momento no supe hacerlo de otra manera, de un modo menos hiriente. Es importante saber decir "no", pero a veces puede hacerse sin palabras, con silencios, con ausencias, dejando que la "relación" vaya cayendo o muriendo por sí misma hasta desvanecerse por completo.

Hace poco me dijo un amigo griego que vive en Oxford que, desde que le conté esta historia, cuando recibe una carta mía siempre teme que se la haya enviado "to terminate our relationship" ("para finiquitar nuestra relación"). Ya le he dicho que en ese caso utilizaré un sobre negro, para que sepa de qué se trata.

4 comentarios:

Gino dijo...

Ten cuidado con esta entrada, Jorgito. Imagínate que tu denostado amigo sea todos este tiempo un seguidor secreto de tu popular blog. Y que interprete esta confesión, fruto de la madurez que traen los años, como un sentido arrepentimiento, como la reconciliación que él tanto ha deseado y necesitado.
Te recomiendo que publiques inmediatamente una carta "preventiva". Luego la comentamos ética y literariamente.

Coñas aparte, tiene gracia la confesión.

Pásalo bien y feliz 2008!!!

Jorge dijo...

No me arrepiento de lo que aquel Jorge hizo, aunque "éste" tal vez habría intentado hacer lo mismo... de otra manera.

Anónimo dijo...

Feliz Navidad Jorge para ti y los tuyos. Feliz 2008

Jorge dijo...

Gracias, e igualmente, seas quien seas.

Es curioso que ya he recibido un par de correos electrónicos de amigos que me comentan experiencias parecidas, aunque las situaciones concretas y las soluciones o salidas encontradas fueran distintas.