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7.2.12

mi rincón en Pingtung / mia momentejo en Pintongo



"Mi templo" esta cerrado por reparaciones hasta marzo...

"Mian templon" oni fermis por riparoj ĝis marto...



... pero el árbol de la plaza sigue en pie, como de costumbre.

... sed la samplaca arbo staras plu, kiel kutime.

26.1.12

las cavernas de piedra y los lugares benditos

"Quienes insisten en visitar las cavernas de piedra y los lugares benditos, por lo tanto, han dejado mucho sin visitar; es más, no han visitado nada. Porque quienes no llegan a ver el misterio y la grandeza de una simple cerca o un perro, han visto solamente lo que no es grandioso ni misterioso en las cavernas de piedra y los lugares benditos."

Chin Shengt'an (CHIN Wei, m. 1661), citado por Lin Yutang en "La importancia de vivir"

11.7.11

4.5.11

Évora - y 4

Fuimos también al campo, a esas dehesas de encinas y, sobre todo, alcornoques con interesantes monumentos arqueológicos.


Por ejemplo, el cromlech de Almendres, "el mayor de la península y uno de los más notables de Europa", de unos 6.000 años de antigüedad. Más abajo incluyo la traducción al español de un poema que he escrito inspirado por esos "95 pedruscos ahuevados", como los llamaba irreverente el periódico.







el cromlech

entre encinas y alcornoques,
entre levante y poniente,
sobre el eje de la ladera que anhela el valle,
se yergue una elipse de altas piedras
como la dentadura de un gigante
o (diríamos ahora)
como huevos de enormes saurios, fósiles.

a veces, también en aquel tiempo, ya de noche
los hombres volvían a las grutas o cabañas
tras la ceremonia en este templo
en cuyas frescas columnas se concretaba, inamovible,
el común y firme esfuerzo.

ahora las cubren líquenes.

Évora-Madrid, 1-3.5.2011


9.11.10

Egipto 4

Por último, cinco imágenes de El Cairo.


Con Maria, a la entrada del café La Libertad, sitio perfecto para descansar de la ardua tarea de hacer turismo tomándose una o dos cervecitas (gracias, Silvia).


Chen y dos figuras negras, una quieta (¿la diosa egipcia Bastet?) y otra en movimiento.


Vista de la ciudad al atardecer desde el alminar de la mezquita de Al-Azhar.


La Ciudadela de Saladino, desde el peculiar alminar con forma de zigurat de la mezquita de Ibn Tulun (gracias, Javier).


El propio patio de esta última mezquita.

Todo lo demás (el tráfico de El Cairo; la comida egipcia; lo que para nosotros tienen en común el Egipto faraónico y el islámico; etc) os lo cuento mejor en persona.

Egipto 3

Las pirámides...


... de lejos, ...


... de cerca ...


... y en compañía de la Esfinge.

Egipto 2


El poeta persa Omar Jayyam, quizás mi escritor y pensador preferido, también nos acompañó a lo largo del Nilo, en la forma de un estupendo tinto egipcio.


El barco tenía un amago o conato de biblioteca (no es que se me hubiera escapado el camello o el burro, sino que me hicieron la foto mientras bailaba).


Aquí me pillaron buscando alguna palabra en el diccionario de árabe, idioma que no había vuelto a tocar desde que me licencié en filología árabe hace más de 20 años. Nunca se sabe cuándo algo podrá sernos útil...


Como turistas modélicos, nos animamos a montar en camello en una de las presuntas aldeas nubias al sur de la isla Elefantina, en Asuán.


Los templos faraónicos son libros (o bibliotecas) escritos en un idioma y un lenguaje que ya no podemos leer sin mediación de expertos o intérpretes. A pocos pasos de ellos, en cambio, nos espera el Egipto de hoy en día, el mundo actual.

Egipto 1

Mi hermana Beatriz, que desde muy joven había deseado visitar Egipto, nos convenció a Chen y a mí para viajar a ese país en compañía de ella y de mi cuñado Llorenç así como de una pareja de amigos, Maria y Matias. Al igual que Japón, adonde viajé por vez primera en 2005, Egipto era para mí un viaje pendiente, no sólo por la fascinación que en otro tiempo sentía por la cultura del Egipto antiguo (el de los faraones y las pirámides), fascinación compartida por tantísimas personas fuera del mundo araboislámico y que, en lo que a mí respecta, se ha mantenido latente hasta la actualidad, sino también por el deseo de conocer el otro Egipto, el actual, de más de 80 millones de habitantes, 20 de los cuales habitan su idiosincrásicamente caótica capital. En contra de mi habitual modo de viajar, en esta ocasión contratamos el paquete de una agencia, con vuelo directo de Madrid a Luxor, crucero de 4 días por el Nilo hacia el sur (es decir, contracorriente) visitando diversos templos, vuelo de Asuán a El Cairo, y tres días en esta ciudad para terminar una semana de excursiones, aglomeraciones, madrugones y sorpresas, intensa.


Chen, en la cubierta del barco.


Ante el templo de Edfu.


Los barcos que atracan frente al templo de Kom Ombo (si el barco es de los últimos en llegar a puerto, para salir a tierra firme uno tiene que cruzar todos los que hayan atracado antes).


Jeroglíficos para todos los gustos.


Ante uno de los dos templos de Abu Simbel, adonde hicimos una excursión en autocar desde Asuán que nos obligó a madrugar rozando los límites de la tortura, si bien he de reconocer que guardo un buen recuerdo del trayecto a través del desierto.

18.12.09

e...festivamente

Tomo el título de una ocurrencia de Ana, compañera de trabajo con la que comparto mesa y buenos ratos entre rutina y rutina.

Resulta que, acostumbrados a que las basílicas sean en la actualidad un tipo de iglesias cristianas, nos olvidamos de que, en su origen, se trataba de grandes edificios que los romanos utilizaban para actividades comerciales y judiciales, una suerte de foro bajo techo. Su propio nombre significa "(vestíbulos o salas) reales". Pues bien, cuando los cristianos dejan de ser perseguidos y su número se va haciendo cada vez mayor, ante la imposibilidad de utilizar para sus rituales los templos de la religión romana, se apropian del amplio espacio de las basílicas, convirtiéndolas en iglesias. Todavía puede sentirse en basílicas como la de Santa Maria Maggiore* en Roma, al igual que en el espléndido Panteón, la presencia del viejo paganismo latiendo en las columnas.


Por suerte el paganismo ha vuelto, al menos otro paganismo, de modo que hoy por hoy la propia basílica de San Pedro de la Ciudad del Vaticano la invaden cada día no tanto los peregrinos o los devotos cristianos que cabría esperar, sino hordas de fieles de la nueva religión de nuestro tiempo, el consumismo (que en este caso se manifiesta en forma de turismo, otro modo más de consumir).


Otro tanto ha ocurrido con este periodo festivo de las navidades, en el que ya prácticamente nadie celebra plenamente el hecho de la natividad, nacimiento o parto de cierto bebé, el famoso Jesús al que otros llamarían luego "Cristo", es decir, el ungido. Todo es consumo, gasto, derroche... y bien que me alegro de ello. El cristianismo, que usurpó las fechas de las fiestas paganas para poner las de sus santos o la del alumbramiento de su mesías, se ve desplazado por la navidad contemporánea, hedonista y obscena.

Pensándolo bien, es curioso que intentemos desconectar de la rutina durante las semanas que circundan estas fiestas, y que hagamos otro tanto durante las vacaciones de verano, o en Semana Santa... Como si necesitáramos estar de fiesta casi la cuarta parte del año.



Dicho lo cual, os deseo unas felices fiestas de solsticio de invierno (la semana que viene los días volverán a ser más largos poquito a poquito) y un estupendo MMX / 2010.

(* Las 3 imágenes son de SMM, y se encuentran en WikiCommons o en Panoramio)

2.12.09

Roma I

No tenemos fotos de nuestro primer día en Roma, porque se nos averió el cargador de la batería de la cámara. Para resumir: Paseamos por la ciudad sin enterarnos demasiado de la película; alucinamos con las nubes de millares de estorninos, uno de los cuales me cagó desde las alturas acertándome en la pierna (luego alucinaríamos con la profesión de asustador, ahuyentador o espantador de pajarracos); cenamos con Yiyi y Alfonso, pareja de amigos italotaiwanesa a la que veremos pronto por aquí; y después nos tomamos una copa en el Trastévere (el barrio al otro lado del río Tíber) con nuestra amiga Katia, que se encontraba en Roma trabajando en la conferencia de la FAO. A medianoche, en el bar donde disfrutábamos de unos mojitos, empezamos a celebrar mi cumpleaños... Y luego, de vuelta al hotel, perdí la orientación y la reputación (de guía-intérprete acompañante). Así que la primera foto que pongo es del día de mi cumple.


Esto del cumpleaños no es una obsesión mía, sino un macguffin más sobre el que escribir (y que celebrar, claro). Pues bien, el mejor regalo que podría recibir se materializó en la presencia de nuestro amigo Ranieri, que nos acompañó y guió por toda la ciudad durante 11 horas, almuerzo y cena incluidos (¡menos mal!). Qué manera más interesante y amena de volver a lugares por los que habíamos pasado sin percatarnos el día anterior, o descubrir muchos otros nuevos, de la mano de un romano de adopción gran conocedor de la Roma clásica y, sobre todo, de la barroca, hasta el punto de hacerme comprender o, mejor dicho, sentir por vez primera lo que el Barroco significa.

(En cierto momento nos cruzamos con el nuevo líder de los socialistas italianos, Bersani, y de algún modo Ranieri consiguió que se detuviera a saludarnos y estrecharnos la mano, como todo político que se precie. Dado que no nos dio tiempo a desenfundar la cámara, nos tuvimos que hacer la foto con él un día más tarde, y en diferentes circunstancias)


A veces, como en el caso de los igualmente infatigables Gian Carlo (en Turín) o Nicolino (en Nápoles), preguntábamos a Ranieri si estaba cansado, con la esperanza de que nos dijera que sí para poder sentarnos un ratito ante una copa de vino o una taza de café, pero ni por ésas...


Al igual que en la visita del Museo Egipcio de Turín; que en el Campo de los Milagros, en Pisa; o que con el Vesubio en el horizonte, asimismo también en Roma sentí un estremecimiento al contemplar por primera vez, y al penetrar más tarde en el espacio que alberga, el Panteón romano.


Por último, Ranieri cenó pizza romana (de masa más fina y crujiente que la napolitana, y con los bordes más churruscaditos), y nosotros... canelones y ñoquis, que de todo hay que probar.

9.11.07

padres e hijos


Os recomiendo la lectura de la entrada "35 años", con fecha de ayer (8 de noviembre), en el blog de César Mallorquí, al que podéis acceder pinchando en el enlace a la derecha de estas líneas. Reproduzco a continuación parte de mi propio comentario a ese texto:

"Qué difícil es ser hijo y, supongo, también ser padre debe de ser complicado. Mi madre, María, murió en el 2001 (yo ahora tengo 40, a punto de cumplir los 41); en 1993 escribí un soneto en esperanto (que ella nunca pudo leer) anticipándome a su muerte, y cuya traducción cito:

Madre

Tú me creaste. Yo te sabía eterna,
terrible y apaciblemente hermosa,
siempre de buen humor y, ante todo,
acompañante próxima e íntima.
Ingenuas ilusiones de la infancia
naufragan en mi mente zaherida.
Ha poco que me duelo de antemano:
te irás, y todo seguirá sin cambio.
Tiempo y vida son cáncer que acaricia.
La muerte nos obsequia con un lote
solidario de silenciosa pena.
Dirá una voz experta: "es necesario
resignarse a lo dado". Así lo llaman,
quizás como consuelo, — "madurez".

Y mi padre... mi padre murió en 1996, cuando yo vivía en Bruselas. Año y pico más tarde escribí el siguiente poema, esta vez bilingüe:

Anastasio

La última vez que lo vi fue cuando vino
a visitarme, por unos cuantos días.
Luego se fue. Si yo hubiera sabido
que sólo meses más tarde iba a morirse,
¿le habría hablado? No dijimos nada
salvo, tal vez, "En navidad nos vemos".
Una llamada nocturna trajo el mensaje,
una baraja colmó la noche infinita.
Hace un año que tengo que expresarlo.
No es posible callar y la métrica estorba.
¿Se puede comunicar una vivencia?
Jorge Manrique lo escribió hace siglos
en versos a la muerte de su padre.
Todavía no ha cesado el estupor.

Los dos murieron, por enfermedad o deterioro físico, antes de cumplir los 70. Y, claro, con ambos he soñado, de vez en cuando. Al igual que los antiguos romanos y que los japoneses y chinos de hoy en día, ésta es mi religión: el culto a los ancestros."

17.8.07

Taiwán en Madrid

Si queréis ver un tifón en acción justo encima de Taiwán, no tenéis más que hacer clic con el ratón en el enlace llamado meteofilm Taiwán a la derecha de esta columna [un día después de escribir esas líneas, el sábado 18, el tifón Sepat ya se dirige hacia China]. (Observad también que he añadido una nueva columna con etiquetas temáticas). Ayer a mediodía, en el breve espacio No comment (Sin comentarios) que precede al pronóstico meteorológico y a las noticias en Euronews, emitieron imágenes de Pingtung inundada, aunque se trataba más bien de terrenos llanos en el condado o distrito de igual nombre que de la propia ciudad. La verdad es que algunas imágenes, de cutres que eran, resultaban deprimentes como tarjeta de presentación para gentes que nunca hayan estado allí. Pero así es la tele y así es la vida, amigos.

El mismo día, es decir ayer, Chen y yo recibimos invitaciones para ir a ver a un grupo de danza taiwanés en el Cuartel del Conde Duque. Se trata, en efecto, de la compañía Legend Lin Dance Theater, de Taiwán (y no de China como indican algunas páginas web españolas relativas al ocio y el espectáculo). Presentan del 16 al 19 de agosto su obra Miroirs de Vie (Espejos de vida), con duración de 1 hora y 40 minutos sin intermedio. Empezaba a las diez de la noche, y ninguno de los dos sabíamos lo que nos íbamos a encontrar salvo lo leído en el cuadernillo que repartían a la entrada. He de decir que, excepto por la incomodidad de los asientos (a pesar de que estábamos muy bien situados), más propios de la estación de Chamartín o de una parada de autobús interurbano, y pese a que tuvimos algo de frío debido a este inusualmente fresco agosto madrileño, pues bien, disfrutamos mucho del espectáculo.

Si tenéis ocasión de verlo en las dos noches que quedan, adelante (claro que a nosotros nos salió gratis y no tuvimos que pagar entre 20 y 30 euretes por barba). Ahora bien, no esperéis encontrar lo que normalmente se entiende por danza, ni mucho menos una demostración de destreza pernil como la de algunos bailaores flamencos o los irlandeses de Riverdance (esa pesadilla); Espejos de vida comparte con la danza la utilización del cuerpo humano semidesnudo como materia para el arte, para la expresión plástica. Los movimientos de las personas que ocupan el escenario, sin embargo, son lentos, extremadamente lentos, como a cámara lenta, durante casi la totalidad de la representación. No hay, pues, apenas interrupciones. Imperceptiblemente van cambiando las constelaciones formadas por esas figuras humanas y, por tanto, también las situaciones que representan. De pronto nos damos cuenta de que tal cuerpo se ha desplazado o ha cambiado de postura, sin que hayamos sido conscientes de un movimiento que, sin prisa alguna, se desarrollaba delante del público espectador. Sólo en el último tercio asistimos a algo semejante a lo que aquí se entiende por danza, ejecutada por hombres (¿bailarines?) fornidos, musculosos, que parecen encarnar un Taiwán aborigen frente a la femenina y sensual Formosa de cultura china.

Tampoco creo que se trate exactamente de teatro. Para empezar, no hay verdaderos personajes, ni acción (entendida como actuación, en lugar de narración, de una historia), ni diálogos. El propio espacio del escenario, negro y sombrío, me hacía pensar en un templo. Más bien se trata de una escenificación de diversos ritos taoístas (no del taoísmo como filosofía sino como religión tradicional, con su panteón equivalente a nuestro santoral, su folklore y procesiones). Podríamos compararlo, más que con las procesiones de Semana Santa en muchos lugares de España, con el hecho de que un artista cante, sobre el escenario, una saeta: la versión artística de algo más profundo, una expresión o manifestación de espiritualidad.

Me pregunto si todos los espectadores llegaron a impresiones y conclusiones semejantes. Sillas aparte, emocionalmente hablando no me sentí incómodo en ningún momento. Reconozco que algunos episodios me recordaban ceremonias concretas a las que había asistido en Taiwán, como el festival de los fantasmas en que se echan al cauce de los ríos pequeñas barquitas con una vela encendida en cada una de ellas; o los rituales funerarios en que se quema dinero falso como ofrenda para los dioses o para los que ya se encuentran en el mundo de ultratumba. Tal vez por ello pensé en un determinado momento que no bastaba con ver la obra, sino que también, y al mismo tiempo, había que leerla.

30.12.05

"mensamientos"

Hoy me he levantado con ganas de escribir. Llevaba dándole vueltas en la cabeza durante la noche, puede que incluso desde antes. Hace un rato lucía el sol, pero se ha vuelto a cubrir, así que supongo que, como los dos últimos días, hoy también lloverá. Antesdeayer (empleo esta palabra pese a lo que diga la Academia) cayó la primera lluvia; más que armarme de valor, me desarmé de pereza, cogí la bici (¡hola, Ale, gran poeta argentino!) y me lancé a recorrer un Pingtung distinto (según la televisión: temperatura de entre 18 y 24 C, y 60 % de humedad): además de las habituales familias de 3, 4 ó incluso 5 miembros encaramados todos ellos a lomos de una moto de ciudad, el invierno taiwanés permite ver a otros motoristas que circulan con el paraguas abierto... Y qué grata sensación la de cobijarse bajo los viejos techos de madera del pequeño templo de la familia Hsiao ("mi templo"), con la pintura descascarillada por la intemperie, mientras la lluvia ligera moja mansamente el patio interior, entre los altares dedicados a los ancestros y la entrada principal.

Ayer por la tarde Atia, el hermano menor de Chen con el que compartimos casa, apareció por aquí por la tarde con dos raciones de sopa de tallarines finos con ostras, empanadillas de carne a la plancha y otras cosas para picar. Nada que objetar si no fuera porque habíamos quedado para cenar más tarde con otros amigos suyos y con Chen, cuando ella volviera del trabajo. Ah, entre Atia y la tía de Chen que tiene la desayunería, me van a matar cebándome... Fuimos más tarde al puesto de comida que lleva un amigo suyo y allí, en la trastienda, a la vista de los viandantes compradores y consumidores de sus viandas, sentados a una mesa baja sobre sillas de plástico para niños, entre niños y otros adultos relacionados de algún modo con el negocio; allí, digo, nos pusimos a cenar Atia, sus amigos Apiong y el del puesto, y yo, picoteando todo tipo de alimentos cocidos en salsa de soja y mojados en diversas salsas, con una botella de güisqui escocés que fue cayendo entre los cuatro a lo largo de la noche; Chen llegó más tarde, le dio un sorbo a mi vaso creyendo que era cerveza (aquí se le pone hielo a las dos bebidas), e inmediatamente se fue al puesto de al lado a por un zumo multifrutas.

La que no vino fue Hsiaoma (literalmente, "Caballito"), la novia de Atia; hace más o menos una semana que falleció su madre y, aunque no va vestida de luto, no puede "salir" con amigos hasta finales de enero. Estuvo con nosotros un rato en nuestra casa, luego fuimos los tres en el coche de Atia para dejarla a ella en la suya, y entonces él y yo continuamos la ruta camino del puesto de comidas del que os hablaba en el párrafo anterior.

Hasta que llegó Chen, tuve que hablar chino todo el rato, durante casi un par de horas. Cada vez voy soltándome y entendiendo más, aunque me falta muchísimo antes de llegar al nivel de principiante; incluso en taiwanés voy pillando ya algunas palabras. De todos modos, en muchos momentos, cuando no me esfuerzo por comprender ni tan siquiera lo intento; por ejemplo si la televisión está encendida y dan un programa que no me interesa; o si hay una conversación fluida entre varias personas, como colegas de Chen acerca de otros colegas o de su trabajo; entonces, digamos que desconecto y que la escucha desatenta del chino, en lugar de frustrarme, tiene en mí casi el efecto balsámico de un mantra.

Con lo que llegamos al tema que quería tratar. Etimológicamente, "mantra" significa "instrumento para pensar"; en la práctica, se trata más bien de una palabra (por ejemplo "Om") o serie de palabras por medio de cuya repetición constante se logra no pensar. En eso consiste la meditación. En "Occidente" (entrecomillo expresiones que resultan útiles como abreviatura pero que no hay que entender al pie de la letra; en sentido estricto, Occidente "no existe") tendemos a creer que la meditación es cosa de gurúes y jarecrisnas. Ahora bien, y sin confundirla con la reflexión, casi todo el mundo realiza este tipo de meditación en la que desconectamos el pensamiento, lo que pasa es que no la reconocemos como tal y tampoco nos damos cuenta de lo que nos sucede en esas ocasiones. Cuántas veces nos ha ocurrido que alguien nos pregunta "¿En qué piensas?", y nosotros respondemos "No, en nada, tenía la mente en blanco..."; estábamos absortos más que ausentes; el cerebro, sin estar apagado o dormido, sigue funcionando pero, en lugar de pensar, simplemente respira, late, vive. Ah, envidiable estado de beatitud en el que no es preciso pensar. Yo ahora intento provocar esos momentos de vacaciones mentales. En teoría, en esos instantes, nuestro pensamiento está en todo y en nada; mi cerebro, de momento, sólo llega a la nada, a menos que yo mismo, en mi inexperiencia, no me percate de otros niveles de conocimiento.

"La funesta manía de pensar". La mente no existe; quiero decir que no podemos hablar de "la mente" como entidad, individuo, sujeto u objeto. Como dice Steven Pinker, la mente es la actividad de un órgano corporal, el cerebro. No es que tengamos, perdamos o recuperemos "la visión" como quien tiene, pierde o recupera un billete de 5 euros: vemos, dejamos de ver, volvemos a ver. La visión es el nombre que damos a la actividad del ojo; la mente, el que damos a la del cerebro. Una metáfora más. En realidad, no tenemos mente: "menteamos" o, si me permitís un neologismo más audaz, "mensamos". Y lo interesante es dejar de "mensar".

Tanto el budismo como el taoismo llevan siglos advirtiendo sobre otra peligrosa ilusión, la de la existencia del "yo" como ente estable, continuo, idéntico a sí mismo o consigo mismo a través del tiempo.

Cito ahora fragmentos de la automentalografía "Tarokoj kaj epokoj" (en esperanto: "Cartas de tarot y épocas"), de Christian Declerck, que me acabo de terminar, nada menos que 654 páginas:

"[La ilusión del yo] complica la existencia por medio del deseo constante de placer, éxito, seguridad, confort, y del miedo a la soledad, el dolor y la tristeza."

"[El mantra] Es sólo un medio, una herramienta para silenciar de una vez por todas el ruido del cerebro, para detener el pensamiento, ese flujo de pensamientos mecánico, involuntario, no dirigido e incontrolable que nos arrastra sin orden de uno a otro tema, de uno a otro asunto, sin fin. Dominar la mente, no pensar, ¡qué difícil!"

El cerebro, que en los primeros homínidos tenía como función principal la de buscar comida ("yo matar mamut") y encontrar pareja para la procreación ("..."), ha evolucionado hasta un nivel de complejidad y capacidad increíbles; ahora bien, resuelto el problema del alimento mediante las jornadas de 8 horas, a nuestro cerebro ocioso le sobran capacidad y tiempo libre; su actividad, la mente, se dispara; cuando pensamos o mensamos, aunque lo hagamos con imágenes, recurrimos a estructuras discursivas, narrativas, lingüísticas; si la personificamos por un momento como metáfora, la mente sería ese enanito parlanchín que todos llevamos dentro, que no deja de hablar en todo el día, de crear, complicar y marear problemas, y al que lo mejor que podríamos hacer es decirle de vez en cuando "cállate de una puñetera vez".

Por desgracia en "Occidente" se le ha hecho demasiado caso a Descartes y a su "cogito ergo sum" (pienso luego existo, o: pienso luego soy). Pues no, señor, ni "ergo" ni nada. Pienso luego no soy. No pienso luego soy. (Quizás en ambos casos sería mejor decir "estoy", pero eso nos daría para un par de libros.) O, en versión coloquial: pienso luego estoy jodido.

Es la trampa de la mente, de los "mensamientos", de las palabras. Todos sabemos cuánto daño pueden hacer las palabras, daño intencionado, involuntario o contrario a nuestra voluntad. Y cómo nos liamos y enredamos con nuestras ideas y constelaciones de ideas, con las expectativas, frustraciones, exigencias absolutamente innecesarias y contraproducentes.

Pues bien, la idea que me ronda últimamente (toda esta frase es otra gran metáfora) es que, para no volvernos locos, la mayoría de la gente realizamos gran número de actividades como mantra, para no pensar. Las prácticas religiosas (rituales, oraciones etc) son el mantra perfecto siempre y cuando no se crea en ellas (creer es pensar) sino que se lleven a cabo con espontaneidad y naturalidad. La cita recurrente de las fiestas de fin de año o navideñas es otro gran mantra. Como lo es el consumismo; con la salvedad de que repetir ciento cincuenta mil veces la sílaba "Om" es menos dañino para el medio ambiente que el fundido masivo de tarjetas de crédito en las cajas de tiendas y grandes almacenes. Es mantra ver la tele, e ir al cine, aunque a veces ambas cosas nos lleven a pensar. Yo reconozco que en el cine puedo desconectar la fábrica de pensamientos y tragarme casi cualquier cosa; con la lectura, en cambio, me resulta más difícil no pensar, aunque a veces me sucede que leo un artículo o una página y me doy cuenta de no haberme enterado de nada, de no haberle prestado atención: meditación pura.

Mantras hay por todas partes: el sexo, los niños, el sudoku, la obsesión por las identidades colectivas, el futbolismo, la buena mesa, el esperanto, la violencia (para algunos brutos), la música, sí, la música... En definitiva, la vida como mantra: la vida es mantra.

Espero que no se os indigeste esta gran paja mental con la que voy dando por concluido el 2005. Pasadlo bien, nos vemos el año que viene.

20.8.05

comentario y templo

Acerca del poema "Sentimientos censurados", uno de vosotros me escribe:

¿Por qué esperar a morir para liberarse de todo? ¿Es
imposible hacerlo ahora? ¿a qué tenemos miedo, a las normas?
Estoy de acuerdo. De todas formas, el poema en cierto sentido es narrativo, y se debería leer como se hace con un relato de ficción, preguntándose en primer lugar quién o quiénes son el "yo" y el (o, de hecho, los) "tú" del texto. Dicho esto, la última estrofa, más que una invitación al suicidio como liberación, en mi opinión sería un darle la vuelta al guante o la tortilla para no ver la muerte propia con temor o con odio, como acostumbramos a hacer.

Bueno, dejo las técnicas de comentario de texto del bachillerato para otra ocasión, y os presento mi último tanka.



"Templo de la familio Siao"

La tempo lulas
la templon de l' prapatroj
tajfune, sune.
Sur sxtono, mil karesoj;
sur ligno, cent cikatroj.


("Templo de la familia Siao ": El tiempo mece / el templo de los ancestros / con el tifón, el sol. / En la piedra, mil caricias; / en la madera, cien cicatrices.)

Pingtung/Pingtongo, 19-20.8

8.3.05

palabras en el aire

Aunque pueda parecer lo contrario, Japón me ha gustado, incluso más de lo previsto. Es un país en el que viajar resulta cómodo y fácil, y no necesariamente tan exageradamente caro como uno se imagina.

De todas las noches pasadas en Japón, las cuatro primeras y las tres últimas nos alojamos en hoteles como los que conocemos en Europa. Las cuatro noches de Kioto, en un ryokan u hotel tradicional japonés, con paneles corredizos de papel translúcido y futones sobre los tatamis que cubren el suelo de madera; ahora bien, se trataba de un ryokan moderno y funcional, con baño y aire acondicionado y sin la disciplina estricta de horarios que caracteriza a los ryokan de toda la vida (es decir, algo parecido a lo que ocurre en España con las casas rurales, que no necesariamente han de parecerse a un cortijo andaluz de finales del XIX); tampoco tenía tokonoma, ese pequeño rincón reservado para algún motivo religioso o caligráfico-poético, del que habla Tanizaki en su interesantísima obrita sobre la estética nipona “Elogio de la sombra” (editorial Siruela), escrita en los años 20 ó 30. Solamente en Hiroshima (nombre que significa “isla ancha” y que los chinos escriben igual pero leen “Guangtao”) pasamos dos noches en casa de unos esperantistas. Yo no los conocía y no era nuestra intención, pero nos los recomendaron varios amigos, entre ellos Nobuyuki y Reza (el iraní que vive en Pingtung). Fueron generosos con nosotros, nos llevaron al conocidísimo y archifotografiado santuario de Itsukushima (con esa puerta roja que asoma en la superficie del mar frente a la costa; si dispusiéramos de un turismómetro podríamos compararlo con el Patio de los Leones de la Alhambra), donde, por cierto, coincidimos con una boda en la que los novios iban ataviados con vestidos tradicionales, como en una peli de samurais (entre los invitados se encontraba un joven indonesio con su pareja, una finlandesa con la que practiqué un poquito de finés); también fuimos con ellos a unos baños de agua caliente al aire libre, mientras nevaba, en la aldea de Midori en las montañas al norte de Hiroshima; el problema es que el anfitrión, que almacena alimentos y cocina compulsivamente (por un trauma derivado de las hambrunas de posguerra, según cuenta en un artículo autobiográfico que leí por esas fechas) y que trasiega alcohol como si fuera agua de manantial, no era muy propenso a consultar a sus huéspedes, con lo que la visita, aunque interesante, también se nos hizo un poco pesada a ratos. Como sólo duró día y medio y como al final uno acaba aplicando la amnesia selectiva de las madres después de los dolores del parto, nos quedamos con haber conocido un hogar japonés desde dentro. Claro que en el futuro prometo y juro ante Zeus y Lao Tse no alojarme en casa de nadie que no conozca de primera mano, por si acaso. Cuento todo esto porque en el resto del viaje sí quedamos de vez en cuando con otros esperantistas, pero sin abusar, y se portaron estupendamente con nosotros. Yo les decía de broma a ellos y a Chen que el esperanto es como el wasabi (ese condimento japonés de rábano verde superpicante), y que por tanto sería mejor no mezclarlo demasiado con la miel de nuestro viaje por si los sabores no combinaban a la perfección.

Con Keiko, Nobuyuki y otro amigo fuimos a cenar a una barra de sushi y sahimi en la que no había que pedir: el jefe iba preparando todo tipo de exquisiteces, entre ellas fugu o pez globo (que se hincha para asustar a sus depredadores y cuyo hígado venenoso puede ser mortal) o carne de ballena (intentando adivinar lo más selecto, yo adiviné que era de ballena, para sorpresa de Nobuyuki, si bien añadí que se trataba de “oreja de ballena” para asegurar no pasarme de listo; el jefe nos dijo que era carne roja, es decir, no de casquería); así hasta que ya no tuviéramos más ganas de comer. Antes habíamos probado, en otro bar, sakes exquisitos, sin filtrar. Aquí, sentados en la barra, recordé los vasitos para licor de sorgo (kaoliang) que te ponen en algunos restaurantes chinos de Madrid con la imagen desenfocada de una chica ligera de ropa en el fondo, imagen que se vuelve nítida al rellenar el vaso con licor, el cual actúa como lente. Le pregunté a Nobuyuki si podría ver una mujer desnuda en el fondo del vaso de sake y me respondió: “Todavía no” (lo que, curiosamente, en japonés se dice “Ma dadayo”, como el título de la imprescindible película de Akira Kurosawa). Para que luego digan que los japoneses no tienen sentido del humor…

Chen, gracias a su buen español, pillaba bastante esperanto, y luego se las apañaba entre mis traducciones boca-oreja o directamente en inglés, más las ocho o nueve palabras comodín que aprendió en esperanto durante el viaje: hola, chao, sí, nó, bueno, muy bueno, bonito, gracias, basta… También recurría de vez en cuando a escribir caracteres chinos, que los japoneses comparten, sobre el papel o en el aire, con el maravilloso gesto cuasipictórico de una secuencia de trazos. Recuerdo una situación de ese tipo con varios amigos en un restaurante nepalí, en el que por cierto también comía con nosotros una japonesa que también hablaba español. Todo muy babélico y pantagruélico..

Con Nobuyuki he aprendido que el mejor sake se bebe frío, y que con el sake caliente te pueden dar gato por liebre; que el sushi se puede y ha de comer con los dedos, como si fuera una croqueta de la abuela, en lugar de hacer prestidigitación con los palillos; y que, si uno quiere untarle wasabi al sushi, que ya lleva, o al sashimi, se le pone directamente con los palillos, porque resulta de mal gusto ensuciar la salsa de soja con la especia o condimento verde que pica que no veas.

Esta cena de la que hablaba, la del pez globo y la ballena, tuvo lugar después de una excursión a la cercana ciudad de Nara (donde se encuentra un templo que es la mayor estructura de madera del mundo y en la que ciervos capitalistas limosnean galletas a los grupos de visitantes) en un día de bastante, mucha lluvia. Llegado este momento, condensé nuestro plan de viaje en otro tanka:

"Japana mielvojagho"

Toki', Kioto
kaj, pluvan tagon, Nara.
Tuj Hiroshimo,
Fukuok', Kumamoto
kaj fine "sajonara!"


[Nara, 24.2]

(“Viaje de luna de miel en Japón”: Tokio, Kioto / y, un día de lluvia, Nara. / Después Hiroshima, / Fukuoka, Kumamoto / y, por último, “¡sayonara!”)

El haiku y, sobre todo, el tanka (de los que hay unos cuantos en mis libros de poemas) me recuerdan en su estructura a la copla, al blues y, en su vertiente absurda y jocosa, al limerick de Gales. Pues bien, continuemos: después de cenar fuimos a otro bar donde bebimos vino tinto. Fue un grave error, tras el sake y la cerveza consumidos con la cena. Como español, ex alumno de bachillerato y exuniversitario, debería haberme negado, pero el ambiente era tan agradable y nuestros amigos tan convincentes… que a la mañana siguiente me desperté con un dolor de cabeza de mil demonios, con lo que la excursión a Kamakura se vio substituida por reposo obligado hasta mediodía (cura en cama) y un paseo más tranquilo por el centro de Tokio (el Palacio Imperial y la eifelesca torre de la ciudad) por la tarde:

“Postebrio”

Se vi kundrinkos
bieron kaj sakeon
kaj rughan vinon
ne miru ke vi startis
enkape lavmashinon.

[Taipei, 5.3]

(“Resaca”: Si al beber mezclas / cerveza y sake / y vino tinto / no te sorprenda el haber encendido / una lavadora en la cabeza.)

Así que Kamakura queda para el verano del 2007, porque con los primeros sakes le prometí a Keiko que volveríamos a Japón al congreso mundial de Esperanto en Yokohama dentro de dos años y medio. Era inevitable, tratándose de la primera visita: tarde o temprano habría que hacer la segunda. Ah, Yokohama, uno de los posibles objetivos de las primeras bombas atómicas, finalmente descartado o pospuesto por los estadounidenses para desgracia de hiroshimeños y nagasakianos.

Hay un dicho japonés relativo a la amistad y que al parecer tiene que ver con la ceremonia del té. Dice más o menos, con dos (o cuatro) palabras y una bella ellipsis, que dos personas se conocen o encuentran por primera vez una única vez. Aquí va mi tanka dedicado a Nobuyuki y Keiko, y a todos mis amigas y amigos estéis donde estéis:

"Ichigo ichie"

Renkonti iun
iun unikan fojon
kaj, poste, ghisi
kaj dis - au kamarade
ekiri saman vojon...


[Nara, 24.2]

(“Ichigo ichie”: Encontrar a alguien / una única vez / y, después, despedirse / y diverger – o, como camaradas, / emprender juntos el mismo camino…)

Como veis, al contrario que en “Saturno”, estos poemas primero los he escrito en esperanto con su rima de rigor y luego los he traducido a román paladino. Creo que no quedan mal del todo en castellano, supongo que gracias a mi aventura bilingüe de los últimos años.

Tokio, y Japón, están llenos de dulcerías y pastelerías. Son golosos los japoneses, sí señor. Otra cosa que sorprende es la incomprensible (a)numeración de las calles: ni ellos mismos se aclaran a la hora de buscar una dirección.

Antes de que se me olvide, recordemos el Windsor. Acaba de escribirme una de mis hermanas que, al acabar su construcción, a mi padre le ofrecieron el mantenimiento del edificio, pero prefirió quedarse en la empresa constructora Agromán. El Windsor, todo hay que decirlo, no sería noticia a estas alturas si no hubiera ardido tan hermosamente (mientras el templo de Nara aguanta siglos y más siglos); en el mundo hay cientos de rascacielos más altos e interesantes, empezando por el mayor de todos, la Torre 101 (por su número de pisos) en Taipei, que por su silueta recuerda a un tallo de bambú. Ahora bien, el Windsor, al consumirse como leño de una pira u hoguera de San Juan, ha entrado en las pantallas de televisión de todo el mundo. Durante nuestro viaje, tanto en Japón como en Taipei, si preguntaba a alguien por el incendio, todo el mundo lo había visto, lo que me permitía hablar de mi padre y de nuestra relación con ese edificio, motivo de nuestra mudanza a Madrid. Quizás acabe dedicándole un poema en el futuro.

Claro que, como adiviné durante la visita al templo o santuario de Asakusa (ya no recuerdo: lo primero se refiere a uno budista, con leones de piedra que guardan la entrada; lo segundo, a uno shintoísta, con esas puertas rojas que preceden y anuncian el santuario de esa religión sin dios que sólo existe en Japón) y al pequeño parque y cementerio adyacente, la única eternidad que cuenta es la de las piedras, como la de la estatua que recuerda a cierta señora benefactora de niños y desvalidos del vecindario que vivió en ese barrio hace un par de siglos (creo recordar que se llamaba Iwako). Nuestra máxima, aunque insuficiente, aproximación a la inmortalidad y a la eternidad consiste en amontonar piedra sobre piedra para erigir mastabas y pirámides o, mejor aún, tallar la piedra o arañar su superficie para crear de ese modo estatuas, esculturas o inscripciones que nos sobrevivan. La eternidad de los epitafios y las lápidas. Debería dejar de teclear gilipolleces en el ciberespacio y comprarme un buril para escribir, inscribir una o dos frases o poemas en la roca, en la piedra. Lo demás son palabras o ideogramas en el papel o, mejor aun, en el aire.

El día 21, pasando por delante del monte Fuji (al que no vimos desde el tren porque el horizonte lo ocultaban las nubes), nos fuimos a Kioto, otra ciudad que se salvó de milagro del fuego salvífico nuclear de los EE.UU., ya que también se encontraba en la primera lista de blancos para el gran experimento de las ciencias naturales del siglo XX. Kioto es la ciudad que todo turista debe visitar en Japón, con infinidad de santuarios y templos. Gracias a que los bombarderos USA la dejaron tranquila una temporada para que los bombardeos convencionales no enturbiaran el análisis de los efectos de una probable explosión atómica, hoy en día se puede disfrutar en Kioto no sólo de museos y monumentos sino también de barrios enteros con casas de madera, entre ellas la que iba a ser nuestro ryokan. Hermosa ciudad, no tan perfecta y aséptica como Tokio (salvo el horroroso zurullo de cristal y acero de la estación central de ferrocarril), sino más viva, real y cotidiana, sea lo que sea lo que esto signifique.

En Kioto teníamos como contacto a Tetsu, un tipo muy simpático que conocimos una tarde en casa de Kiki en Pingtung porque había venido a visitar a una vecina japonesa de ella, y con el que nos comunicábamos en inglés. Quedamos con él en un par de ocasiones; aparte de visitar un templo apacible en la montaña en el mejor momento del día, cercana ya la hora del cierre, también nos introdujo en bares y tabernas recónditas de la ciudad, con ambientes y manjares y néctares exquisitos, de cuyos jefes o encargados era amigo o cliente desde hacía una veintena de años, y con los que no habríamos podido dar nosotros mismos ni por casualidad ni hartos de sake.

Hablaba antes de la disciplina horaria de los ryokans tradicionales. En general en Japón tanto en hoteles como ryokans tienes que dejar la habitación libre el día de salida antes de las 10h, pero no puedes entrar en ella el día de llegada antes de las 15h o las 16h; si te sales de estos horarios y apareces sin avisar, parece que se ponen algo nerviosos. En este viaje nos hemos quedado sin dormir en una pensión familiar o en un templo (dicen que es posible) así como, por decisión propia y previa, en uno de esos hoteles-cápsula (no mixtos, por cierto, ni “aptos para claustrofóbicos”), cuyas habitaciones o nichos tienen, como dice igualmente mi guía, “las dimensiones de un ataúd espacioso”: a tanto no llega nuestra curiosidad viajera. Al final tampoco fuimos a uno de esos “love hotels” donde las parejas japonesas coyundan discretamente en habitaciones con decorados selváticos o grecorromanos de fantasía; tienen horarios y precios extravagantes y, la verdad, tampoco nos hacía falta: si nos faltaba exotismo en nuestra habitación del ryokan, bastaba con ponernos los yukatas, esa especie de batas o albornoces azules y blancos similares a lo que en España llamamos “kimono” y que se utilizan antes de dormir y después del baño caliente.

En Kioto visitamos el jardín zen de un templo budista. En un jardín seco, sin agua ni casi vegetación alguna, con 15 piedras colocadas a conciencia en un amplio rectángulo cubierto de grava o arena peinada y trillada con meticulosidad, que sugieren un paisaje o ideal o evocan una parte de la costa del sur del Japón o, lo cual no excluye a lo anterior, invitan a la contemplación o a la meditación. Paisaje que cambia a lo largo del año, con las estaciones, y del día, con las luces y sombras proyectadas sobre él por el sol que se oculta entre pinos y nubes. Una vez más, nuestra propia presencia multitudinaria estorbaba su disfrute: paradojas del turismo-zen.

Tetsu también nos llevó a una güisquería en la que degusté dos espléndidos güisquis japoneses de una malta, uno de ellos de la isla norteña de Hokkaido, con un sabor ligeramente ahumado que me recordaba las saunas finlandesas. Ah, gran bar y magnífico barman, testigo del parto in situ del siguiente tanka:

"En la viskiejo Annie Hall"

Chu do ni tenas
futuron en la mano?
Sendube, frato,
se ni kun glas' viskia
tostas je nia sano!

[Kioto, 24.2]

(“En la güisquería Annie Hall”: ¿Tenemos pues / el futuro en la mano? / Sin duda, hermano, / cuando, con un vaso de güisqui, / brindamos a nuestra salud!)

Mi pequeño homenaje a Omar Jayyam, el mejor poeta y filósofo de todos los tiempos (buscad la edición bilingüe en Hiperión).

Prometo que volveré.

5.2.05

la dichosa almeja

Escribo desde el instituto en el que trabaja Chen. Aunque es sábado y está de vacaciones, tiene una reunión con el nuevo director. La gente, que ya me conoce (se trata tanto de profesores colegas de Chen como de sus alumnos), nos saluda cuando nos ve diciendo "konsi-konsi"; puede significar tanto "enhorabuena" (por la boda) como "felicidad" (por el Año del Gallo que comienza el miércoles día 9) o las dos cosas a la vez.

El ambiente cada vez es más parecido al de los días anteriores a nuestra Nochevieja: orgía de compras, consumo y regalos; decoración en colores rojo y dorado por todas partes; villancicos en chino que se repiten sin cesar; plaga de gallos. La gran diferencia son las temperaturas en torno a los 20 grados o incluso superiores: yo voy casi todo el tiempo en camisa de manga corta o camiseta.

Anoche asistimos a un concierto de la orquesta del instituto de Chen (esto parece Finlandia). Tocaban música de películas, que, como dice mi amigo Santi, es la única música "clásica" contemporánea que llega a todos los públicos, lo que no ocurre con compositores más experimentales o esotéricos.

Hace días fuimos a la casa de un amigo de Kiki muy majete e interesante. Me hizo un pequeño regalo, que sin embargo tiene un enorme valor para mí, como un imán en torno al cual se va formando un torbellino de ideas. Se trata del fósil de una almeja de tamaño mediano, de unos 5 ó 6 centímetros de largo por lo menos (bueno, de una almeja o de otro molusco bivalvo, el bicho no viene con etiqueta), ovalado pero con una envidiable simetríia, de color entre blanco y grisáceo con estríias más oscuras. Naturalmente ya no es una almeja, sino una piedra (preciosa, por cierto), pero el hecho de que sigan existiendo congéneres suyos vivitos y concheando en todos los mares del mundo lo hace mucho más próximo a mí desde un punto de vista afectivo que un hipotético diente de dinosaurio o la taba de un mamut.

Una amiga me preguntaba ayer por qué dibujo gambas. Bueno, no sólo me gusta comer marisco; de la gamba y el camarón me gustan hasta los andares; tiene una forma perfecta, muy estilizada (como las avispas) y, además, como les ocurre a las almejas, un español o un taiwanés ha crecido viendo las gambas en el mercado, en la cocina, en la mesa. No peladitas con salsa rosa como el consumidor medio norteamericano de mi mente prejuiciosa, sino con patas y cabeza, a la plancha o al ajillo. Por si fuera poco, y como ocurre con el vocabulario de origen taurino, también tenemos expresiones relacionadas con las profundidades y suculencias marinas: "ponerse rojo como un langostino" entre otras.

Retomo el mensaje después de volver de Kaohsiung, la ciudad del millón de motos (el mote es mío). Creo que no podría vivir en esa ciudad, con tanto ruido y humo. Todo lo contrario de mi rincón favorito en Pingtung, el templo de la familia Hsiao dedicado al culto a los ancestros y que data de 1880, muy cercano a mi casa. Pensaba el otro día que de todos los cultos habidos y por haber, el único que vale la pena es el que recuerda a nuestros antepasados y nos recuerda de quiénes venimos. Yo, que llevo en mi agenda de bolsillo fotografías de carnet de mis padres, que normalmente reveo en fechas señaladas como sus cumpleaños o los aniversarios de sus fallecimientos, ahora de vez en cuando también las miro cuando me adentro en ese espacio recogido y silencioso, en lugar de quedarme bajo el árbol que se encuentra a varios metros leyendo o pintando.

En cierto sentido, la almeja de este mensaje es un templo en miniatura. Cuando la tengo en la mano y la acaricio, como se hace con una canica o una bola de relajación, es como si pudiera tocar o acariciar el tiempo. Tengo en casa en Madrid un trozo de ámbar del Báltico con uno o dos mosquitos atrapados para posteridad en su interior, y lo guardo en una cajita de metal que reposa encima de la televisión. La almeja, por el contrario, en seguida ha encontrado su sitio natural sobre la mesilla de noche, como si quisiera susurrarme algo al óido durante el sueño. Me pregunto cuáles serían los últimos espasmos neuronales en el sencillo sistema nervioso de la almeja segundos antes de morir y de que su concha se transformara en el inmejorable sarcófago de piedra en el
que ha perdurado, transustanciada, hasta nuestros días. ¿Estaría soñando, con una sonrisa en los labios, como dicen que les ocurre a quienes mueren por congelación?

Supongo que de cada uno de nosotros hay millares y millares de documentos en diferentes archivos y registros, desde el hospital en el que nos alumbraron pasando por la partida de nacimiento, las calificaciones escolares, los pagos y transacciones efectuados, los otros tantos innumerables originales y fotocopias. No sé cuántos quilos pesará todo ese papel ni cuántos metros cúbicos ocupará, pero contando con la destrucción programada de documentos cada cierto número de años y la degradación química inexorable del papel de mala calidad en el que se ha escrito o impreso este protocolo burocrático de nuestro paso por el mundo, me imagino que dentro de 150.000 años muy pocos de nosotros habrán alcanzado un ápice de la inmortalidad de esta bienaventurada almeja.

Para terminar, miscelánea surrealista:

El periódico de ayer informa de que, en Taiwán, en uno de cada cinco matrimonios uno de los cónyuges es extranjero (17% mujeres + 2,3% hombres = casi 20%). En el de hoy leo que en un parque de Pingtung han erigido una estatua de madera (maciza, supongo) con forma de pene, de 8,5 metros de alto y más de 10 toneladas de peso.

23.9.04

la penúltima

Tranquilos, era la (pen)última crónica. Como ésta, que también es la (pen)última.

Llego a Madrid el lunes por la mañana, y del miércoles al domingo estaré en Maribor, Eslovenia, con lo que seguiré algo liado la semana que viene. Pero luego no os libraréis de mí tan fácilmente.

Mañana por la noche Chen y yo cenamos con su familia en un restaurante. Vienen su hermana mayor con sus dos hijas (que me quieren mucho, o eso dicen), su hermano menor (con el que comparto casa y ya hemos cenado otro par de veces, aparte de haberme tomado yo con él unos cuantos tés y otros tantos güisquis que mejoraron enormemente mi comprensión del chino), su tía (la que tiene una desayunería adonde procuramos ir una vez a la semana), la hija de ésta (algo más joven que Chen) y, quizás, mis futuros suegros. Es como cuando te avisan de la formación de un tifón en el Pacífico: nunca sabes si pasará de largo o si te despertarás de noche con la habitación inundada y con pececitos de colores encima de la cama. Y yo, fiel a la máxima taoista de que la mejor acción es la inacción.

Esta mañana he visitado una casa antigua, estilo Hakka, que han reconstruido y renovado, y, después, una antigua escuela para funcionarios que los japoneses, en su afán de prohibir la enseñanza del chino durante el periodo colonialista de 1895-1945, convirtieron (astutos ellos) en templo dedicado a Confucio, lo que sigue siendo en la actualidad. Este templo sólo se utiliza una vez al año, el próximo martes 28.9, aniversario del nacimiento de Confucio y día del profesor. Me lo voy a perder, pero me quedo con el recuerdo del deterioro que la (in)temperie ocasiona a un templo tan poco frecuentado: columnas de madera con la pintura roja descascarillada, lamidas y raídas por la lluvia y el sol...

PD "Confucio" en chino se dice "Conchi"