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24.2.10

qué hacer con el capitalismo

Acabo de leer el libro Educación para la ciudadanía. Democracia, capitalismo y estado de derecho, de Carlos Fernández Liria, Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, y que, como bien dice la página de la que he tomado prestada la imagen de la cubierta (del genial Miguel Brieva), "no es exactamente un libro de texto para 2º de ESO sino más bien una revisión crítica desde la izquierda de los contenidos de esta nueva materia". En mi opinión, se trata de un texto intermedio entre el ensayo y el panfleto, con más denuncia que preguntas y, por supuesto, que respuestas, pero que al menos da que pensar o hace repensarse algunos de los mitos y falacias más firmemente arraigados en el parecer de las gentes.


A mí no me cabe ninguna duda de que el capitalismo, sistema parido por Europa y sus derivados (lo que se suele llamar "Occidente") y extendido hoy en día prácticamente por todo el planeta, es un sistema demencial que ha transformado el mundo, todo el mundo, en un degradante mercado de seres humanos y para el que parece que no hay alternativa posible (desde luego no lo fueron los experimentos "comunistas" de criminales como Stalin o Mao). La noción de dinero es un lenguaje sin el cual somos incapaces de tratar el mundo humano y el universo en que este mundo se aloja. Como invenciones humanas, esa noción y ese lenguaje me parecen de las más desafortunadas de nuestra historia. Da la impresión de que ni los individuos ni siquiera los gobiernos, sean del signo que sean, pueden hacer nada para modificar sustancialmente esta situación. Cada cierto tiempo una crisis del capitalismo se lleva por delante las economías de cientos de miles o quizás de millones de personas, pero (salvo parches como los aplicados por Obama y compañía) nada se hace al respecto, como si se tratara de una catástrofe de la naturaleza. Los privilegiados que vivimos en el primer mundo podemos decir que tampoco vivimos tan mal, aunque tengamos que aguantar nuestras jornadas de treintaitantas horas semanales durante no-sé-cuántas semanas al año a lo largo de 30 ó 40 años de vida laboral, atados a nuestras nóminas e hipotecas, madrugando para que nuestros benefactores los empresarios se sigan sacrificando por el bien de la especie al tiempo que aumentan sus beneficios. Pero nuestro bienestar es el anverso del horror en el que viven el resto (la mayoría) de los habitantes del globo: penuria, precariedad, pobreza, explotación, enfermedades, hambrunas, guerras.


¿Qué se podría hacer, pues, con el capitalismo? ¿Realmente no hay alternativa? ¿Por donde se podría empezar?

28.10.09

estramonio, Marcos Ana, Amenábar

Con respecto a la flor de la entrada de ayer, me habéis enviado todo tipo de nombres: datura, estramonio, datura de estramonio ("de preciosa floración y de un pedo de lo más terrible que se pueda tener con alucinaciones que pueden llegar a provocar la muerte", escribe una de vosotros), trompeta de Jericó y galán de noche ("y suelen ser flores de una sola noche", añade otra persona). Nuria, como desconoce su nombre, propone tres: "campánulas", "trompétulas", "chénulas" (¡olé!). Y no anda desencaminada porque, según la Wikipedia en español, otras denominaciones serían hierba del Diablo, hierba hedionda, higuera del infierno, floripón, burladora y chamico, o bien túnica de Cristo (¡vágame Dios!) y, lo que me agrada más, trompeta del diablo, que a su vez me recuerda a las babas del diablo o hilos de la Virgen (¡madre de Dios!) que hace cierto tiempo y en este mismo blog yo rebauticé como hilarañas. Así dibujó Linneo tan enigmática planta:



Antes de que se produzca la inminente proliferación masiva de e-readers (aparatos lectores de libros electrónicos o e-books), os recomiendo las memorias del poeta Marcos Ana, que pasó 23 años en las cárceles de la España franquista (por comunista), y al que tuve ocasión de ver y escuchar en Madrid hace algunas semanas durante la presentación de este libro:



Como bien dice Marcos Ana, de acuerdo en que pasemos la página de la Guerra Civil, pero primero habrá que haberla leído entera. También os recomiendo la película Ágora, de Alejandro Amenábar, un alegato muy acertado y necesario contra el fanatismo de cualquier pelaje.



Habrá quien la considere larga o lenta, y yo no estaré de acuerdo. Amenábar, como Ang Lee, no se deja arrastrar por el ritmo trepidante de la superproducciones jolibudienses. Aunque Ágora no sea una obra maestra o redonda, sí que supera en calidad, y con diferencia, la media de lo que se exhibe en nuestras pantallas. Como explicaba Amenábar en una entrevista, el filme admite diferentes niveles de lectura. Uno puede ver en el fanatismo de unos y otros creyentes (llamados "paganos" si creían en los dioses romanos y/o egipcios; "judíos" y "cristianos" si creían en un único dios, el suyo propio, respectivamente sin o con mesías e hijo de por medio) tanto a los talibanes que no paran de dar guerra como a los 50.000 individuos que se manifestaron recientemente en Madrid bajo el hipócrita eslogan de "Por la vida" para impedir que las mujeres puedan ejercer el derecho al aborto.



O puede uno, simplemente, recordar el asombro con que cada mañana se encuentra en el cielo de la gran ciudad al planeta ("errante") Venus, o, cualquier noche, a la luna y a Júpiter...

13.8.08

obligaciones

Hace una semana que no escribo nada. Hoy me limito a reproducir un texto cuya lectura me ha impactado. Se trata de Obligaciones, de Boris Pintar (escritor que no conozco y al que supongo esloveno), y lo copio del blog Se me ocurre..., de mi amiga Susana, que a su vez lo ha tomado de la revista literaria de Alex Lootz. Para ilustrar esta entrada escojo un cuadro del pintor suizo Ferdinand Hodler (1853-1918), acerca del cual acabo de leer la novela de Spomenka Ŝtimec Hodler en Mostar (escrita en esperanto; el título no cambia al traducirlo al castellano).


Obligaciones

Las mujeres cumplen con su obligación hasta la muerte, los hombres después. Las mujeres visitan al que agoniza, sacrifican sus fines de semana, lo cual a los hombres les parece inútil, ya que el que agoniza delira o finge delirar para largar todo aquello que no pudo o no era oportuno decir en vida. Entre los hombres esto es ya un motivo suficiente para no tener que sostener su mano, que repite constantemente los mismos movimientos. Las mujeres les alimentan y les dan sorbos de agua, les proporcionan los medicamentos a la hora debida, les cambian, les lavan, les untan los bálsamos para aliviar las llagas del decúbito, les cambian de posición, les cambian las sábanas, ventilan la habitación y hablan con ellos, como si fueran conscientes de todo y como si todos sus delirios tuvieran sentido. Los hombres reparten su sabiduría sobre la vida y la muerte en las comidas con los familiares pero no atraviesan el umbral de donde está muriendo su propia madre. Esperan a la muerte para valerse como óptimos organizadores, se ocupan de todos los detalles y ceremoniales del entierro: las flores, las coronas, las cortinas, las luces, las velas, la preparación del cadáver, el ataúd, el aguardiente, los embutidos, las galletas, y todas estas cosas que ofrecen las pompas fúnebres. Las mujeres se hunden en la desesperación y los hombres se ocupan de recibir y de conversar con los que les dan el pésame, cuyo número da una idea de la reputación que tenía el fallecido y la de sus descendientes, quienes soportan la pérdida con valentía.


Ferdinand Hodler
La agonía de Valentine Godé-Darel, 24 de enero de 1915.

(Kunstmuseum, Basilea)